Muchos de nosotros tuvimos que reinventarnos después de este encierro impuesto de dos años.
Las empresas, los empleos, las relaciones, fueron llevadas a puntos limite. La palabra reinventarse se convirtió en el pan de cada dia, encontrar la manera de crear un mundo posible en cuatro paredes, qué para algunos era su hogar después del trabajo en las condiciones normales antes de la "cuarentena", en ese momento mutó a su centro de operaciones, núcleo de interacciones familiares constantes, lugar de pasatiempos, gimnasio, restaurante favorito y emprendimiento forzado.
Todos tuvimos que hacer un esfuerzo por ajustar nuestras vidas a un espacio reducido, a no contar con espacio personal en algunos casos, a enfrentar los demonios que teníamos guardados, o a sacar los talentos escondidos para encontrar nuevas maneras de sobrevivir.
Cuando no tienes la opción de seguir evitando los problemas que nos has resuelto, los silencios prolongados que vienen después de las conversaciones no asumidas, los dolores que se ocultan en las idas al centro comercial, o en la rumba de cada fin de semana. La forma de resolver los asuntos propios por la vía de la evitación; era más difícil aún, porque las opciones eran pocas, debido a las limitadas posibilidades que el enclaustramiento proporcionaba.
Así qué, los demonios propios y los ajenos empezaron a hacer presencia. Los miedos se agudizaron, las parejas en conflicto que no lograron resolver sus dificultades, terminaron en divorcio, los problemas con los hijos se volvieron más agudos, los silencios cómplices se hacían ensordecedores. La vuelta al interior era ineludible, no había forma de escapar del caos que llevamos dentro, que le urgía resolución.
Muchas personas empezaron a caer en depresión, la ansiedad frente a la "muerte inminente" por el virus, sacaba nuestras más profundas inseguridades y el asunto de la vida después de la muerte no se podía obviar. La renuncia a la libertad por la falta de certidumbre frente al contagio, el horror que se avecinaba en cada salida al supermercado y la ausencia de contacto humano, desbordaron las mentes de gran cantidad de personas, que todavía siguen en "cuarentena" pero de por vida.
Fue un "estallido" de grandes proporciones que contemplaba la ida al interior, la verdad profunda de nuestro ser y las relaciones con los otros, con la vida, con la realidad. Había dos opciones frente a este escenario que se hacia asfixiante, o le hacías frente a tu propia vida y ponías a funcionar tus recursos o te sumías en la desesperanza entregándote a las olas del "destino" o del gobierno de turno que te decía qué hacer, como sentirte, en qué creer.
Los medios de comunicación hacían el trabajo de una buena película de terror, en el que éramos los protagonistas, perseguidos por el villano de turno, que podía ser el covid, o el vecino sin mascarilla. Las peleas en redes sociales, eran en extremo violentas, los amigos, la familia e incluso las autoridades de salud y algunas eclesiásticas, tratando de perpetuar un miedo más imaginario que real, gritaban desde todas las esquinas para que nos sometiéramos a la histeria colectiva.
Las familias dividas por mascarillas y vacunas, haciendo competencia entre la cantidad de dosis aplicadas, con sus fotos en Instagram, haciendo alusión a la ultima aplicación dictaminada. La escena espectacular y grotesca de sometimiento y miedo se convirtieron en el pan y circo de esos dos años.
Los demonios internos del miedo a morir y del sufrimiento, que son de los más feroces, terminaron siendo proyectados en algún personaje que se atreviera a caminar sin mascarilla, tratado de tomar oxigeno, no el dióxido de carbono que producimos en el proceso de respiración, que permanecía dando vueltas entre el tapabocas y la nariz. El tirano que habita en cada uno de nosotros, apareciendo en escena con sus ropajes exuberantes, que podía ser el pro-vacunas y el antivacunas. Nos volvimos expertos en el control de virus y enfermedades y en todos los métodos más sofisticados para evitar el contagio.
Esta "pandemia" Saco todo lo posible de la naturaleza humana, nos hundió en el abismo de las verdades interiores, nos acercó a Dios o nos alejó dependiendo de la interpretación dada a los hecho cotidianos de lucha, o de derrota. Encontramos recursos que no sabíamos que teníamos, vimos posibilidades que ni siquiera habríamos pensado que podrían estar; asumimos procesos y cerramos ciclos importantes en nuestra vida; tuvimos conversaciones que eran fundamentales, dijimos las cosas que en otro momentos evitamos decir, lloramos a nuestros muertos, a nuestras pérdidas y muchos nos levantamos más fuertes después de este ejercicio del límite de nuestra libertad, del desafío a los impedimentos gubernamentales.
Al dia de hoy todavía este "experimento" sigue dando coletazos, en consulta he recibido casos producto del encierro y de lo que esto provocó. El estrés postraumático haciendo su aparición un año después y la lucha por vivir y sanar cada dia, de pie en el frente de batalla que es la experiencia de vivir.
La pandemia produjo cambios importantes, no podemos dilucidar cuántos fueron, pero si podemos aprender y sacar lo mejor de ese tiempo de oscuridad y luz.