viernes, 23 de abril de 2021
DEPRESIÓN Y FE
Mucho se habla de la depresión. Encuentras innumerables
artículos sobre la misma; su definición, causas, síntomas y tratamientos.
En este artículo me dispongo a tratar de explicarla desde una vivencia testimonial, e ir más
allá de la misma, para que todo aquel que lo lea, entienda que hay salida, que
hay una respuesta en Dios.
¿Cómo podríamos definirla?
De acuerdo a wikipedia, la depresión (del latín depressio,
que significa ‘opresión’, ‘encogimiento’ o ‘abatimiento’) es el diagnóstico
psiquiátrico y psicológico que describe un trastorno del
estado de ánimo, transitorio o permanente, caracterizado por
sentimientos de abatimiento, infelicidad y culpabilidad, además de provocar una
incapacidad total o parcial para disfrutar de las cosas y de los
acontecimientos de la vida cotidiana (anhedonia).
Los trastornos depresivos pueden estar, en mayor o menor grado, acompañados
de ansiedad.
La depresión puede tener un origen orgánico (asociado a
enfermedades físicas de diversa índole), mental(patrones de pensamiento
pecaminoso, ideas irracionales, exageraciones entre otras) y ambiental (circunstancias
de la vida que no podemos controlar). Las cuales deben estudiarse con
detenimiento para determinar el tipo de abordaje que se requiere para
atenderla.
Pero aún si la razón es orgánica, la depresión puede ser
alimentada por los hábitos de nuestra mente o combatida ferozmente al
fortalecernos en la Fe y en la provisión de Dios para el alma afligida.
Como Psicoterapeuta llevo diecisiete años atendiendo
pacientes cristianos deprimidos en las diferentes clasificaciones que los
manuales de enfermedades mentales describen y siendo yo una persona que la ha
vivido en carne propia, he encontrado un elemento en común: la debilidad
emocional lleva a una dependencia de Dios en una esfera diferente. ¿Y por qué
digo que es diferente?
Porque en la depresión la soledad es más fuerte, es más real
que tú misma corporalidad. Es angustiante porque no la puedes palpar, esconder
o sencillamente olvidar. Ya que la
persona puede tener una red de apoyo, familia, amigos que les acompañan, pero
este padecimiento te lleva por un sendero tenebroso, el cual solo puedes
atravesar tú mismo, de la mano de Dios para llegar al otro lado, donde se
encuentra la esperanza.
Es como cuando tienes un fiebre alta y solo quieres quedarte
en la cama porque tu cuerpo no te responde. Aquí el cerebro no está
respondiendo, tus miembros se hacen más pesados, tus ganas de actuar se
disminuyen notablemente (dependiendo del grado de depresión) y lo primero que
mentalmente es atacado es tu capacidad para pensar con claridad sobre quien
eres y lo que puedes realizar.
Yo diría que más que autoestima, es la duda constante, la
presencia permanente de la imposibilidad. Te invalidas en la medida que pierdes
la fuerza, y todo se empieza a tornar gris y ajeno.
Sencillamente no valen las palabras de aliento que puedan
darte las personas, o las reprimendas de los más fuertes. Porque al parecer la
mayoría son expertos en tratarla, saben cómo salir del lodo cenagoso, tienen
los remedios indicados en palabras de cliché para ayudarte en tu trasegar
penumbroso.
Es duro sentir tal desolación y saber que efectivamente estás
solo. Que nadie puede entender lo que está pasando en tu interior.
Hasta que Cristo te salva. Y No quiere decir que la depresión
se va, puede ser que tengas que lidiar con ella hasta tus últimos días, pero lo
que si es cierto, es que EL sí sabe lo que está pasando.
Recuerdo en diversas ocasiones de profunda aflicción
emocional, tener momentos de conexión con la obra de la Cruz. Experimentar en
mi interior el dolor y sentir que era abrazada por Él, con su entendimiento
divino de mi sufrimiento.
Podía experimentar una profunda aceptación de mi ser como
amada y perdonada (por la obra de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo), que
jamás pude experimentar cuando no era creyente (porque sufría de esta dolencia
desde niña). Es estar en los brazos eternos de un Padre Amoroso, Santo y lleno
de la perfecta misericordia, gracia y bondad.
La depresión es como las diferentes perspectivas de una
pintura. Y es tan singular como lo es cada ser humano, que la padece. Se ha
tratado de conceptualizar pero no se llegará a un consenso perfecto por la
misma complejidad humana que la porta.
Pero es tan antigua como la vida misma, la padeció Elías,
Jeremías y otros hombres que aparecen en las Escrituras (salmos) y cuando lees
algunos de sus escritos te das cuenta que una oscuridad los atrapaba en
variadas ocasiones.
“No obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente
metido en mis huesos; traté de sufrirlo y no pude” (Jeremías 20:9).
¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre?
¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí?
¿Hasta cuándo pondré consejos en mi alma,
Con tristezas en mi corazón cada día?
¿Hasta cuándo será enaltecido mi enemigo sobre mí?
Salmo 13:1-2
Me sacó del hoyo de la
destrucción, del lodo cenagoso; asentó mis pies sobre una roca y afirmó mis
pasos.
Puso en mi boca un cántico nuevo, un canto de alabanza a nuestro Dios;
muchos verán esto, y temerán, y confiarán en el SEÑOR.
Salmos 40:1-3
La depresión es como un cuarto, con variadas emociones, hay
contradicciones, hay luchas, hay voces, hay imágenes del pasado, del presente,
del futuro. Hay ira, dolor, angustia, tristeza profunda, desesperación,
soledad, amargura, hambre, sed, abatimiento, ausencia de fuerza, dejas de
soñar, dejas de desear y solo quieres escapar de este lugar.
Pero en el último rincón de ese cuarto está El. Tienes que
atravesar todo esto que he descrito, tienes que buscarlo con la última gota de
fuerza, con determinación y hacer lo que EL dice que debemos hacer, sentir lo
que EL dice que debemos sentir, solo la obediencia a Su Palabra te sacará de
allí. Solo la oración que nace de lo profundo del corazón doliente expresará el
entramado de nuestro ser, que se encuentra confundido y lacerado, pero que solo
debe tener una cosa clara y es que EL sabe cómo sacarte de ese estado.
No importa cuales sean las circunstancias que puedan rodear o
producir la depresión, siempre la lucha contra ella te mantendrá arriba, aunque
sientas dolor. No debes escuchar al dolor, porque el dolor es dolor
simplemente. Acéptalo, procésalo
(encuentra las fuentes) y cree en Sus promesas. Aférrate a Su soberanía y a Su
compasión.
Cuando me he encontrado nuevamente en el cuarto, a veces
hablo con las emociones, trato de entenderlas, de saber a qué están apuntando,
sobre todo si hay algún patrón pecaminoso detrás de ellas, o si es el resultado
de pasar por alto las consideraciones necesarias que debo tener con el cuidado
de mi alma. Si he abandonado los medios de gracia como la oración ferviente o
la lectura de la Biblia o si el gozo de mi Señor ya no es mi fortaleza, sino
mis propias seguridades.
Cuando la depresión no está, a veces nos sentimos fuertes y
poderosos, como que decidimos hacer las cosas por nuestra cuenta. El dolor
siempre nos señala la fuente de la dependencia del Padre y cuando nos alejamos
por confiar en nuestros recursos humanos, el aguijón que Dios ha dispuesto para
nosotros empieza a presentarse de forma insistente.
Cuando es el resultado de la enfermedad física la depresión
se vuelve una constante de nuestra vivencia en este mundo caído.
Pero cualquiera que sea su origen, nos recuerda el Hogar
Celestial, la promesa de nuestra permanencia en los Cielos, de estar
ininterrumpidamente en sus brazos y sentir su amor para siempre.
No debemos temer al dolor, aunque es natural por el instinto
de conservación, pero no nos queda otra cosa que aceptarlo. Cuando lo aceptamos
y nos aferramos al Señor, aunque lo podemos sentir, es más llevadero y podemos
seguir adelante a pesar de él.
Isabel Álvarez Rivas
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