Hace tiempo he estado
contemplando la idea de cómo es la vida de los terapeutas psicológicos.
La gente normalmente piensa que
carecemos de salud mental y también se cuestionan cómo podemos soportar tanto
dolor en los relatos de nuestros pacientes.
Al parecer somos como un enigma,
porque quieren que les ayudemos, pero nos temen al mismo tiempo. Como si de
verdad pudiéramos leer la mente o descubrir sus más oscuros secretos con solo
mirarlos a los ojos.
Son muchas las ideas que nos
circundan, todas aquellas cosas que la gente teme de sí mismos nos son
investidas; porque es más fácil proyectarse que adentrarse en lo profundo de
sus propias miserias.
Es bastante divertido ver las
reacciones de las personas al saber que me desempeño como psicóloga. He optado
por no decir en que trabajo, para que no se asusten o empiecen a actuar como si
estuvieran en un estudio de grabación. Lo hago más por ellos que por mí en
últimas, pero a veces resulta inevitable y hasta gracioso.
Los comportamientos cambian, lo
he hecho hasta como un experimento. Isabel psicóloga… Isabel sin rotulo
profesional. Definitivamente la cosa es diferente.
Terminamos siendo un espejo de
sus propias inseguridad y contradicciones.
A veces sencillamente olvido que
parte de quien soy está relacionado con mi trabajo. Porque refleja muchas de
las cosas que me gusta hacer, como ayudar, pensar, sentir compasión, adentrarme
en la mente, crear nuevas rutas para entender, y crear nuevas realidades que
cambian las vidas de mis pacientes y obviamente la mía también.
La verdad es que tenemos un poco
de las contradicciones y de los desvaríos de quienes ayudamos. Como podríamos
flexibilizarnos para entender al otro, sino podemos conectarnos con la esencia
de cada persona que va en busca de ayuda. Cada paciente refleja algún rincón oscuro de
mi alma, de mi pasado, de mi presente, de quien fui y de quien soy y hacia
donde me estoy dirigiendo.
El dolor emocional no es ajeno a
mi realidad. Por herencia y ambiente tengo una predisposición a la depresión y
a veces me encuentro en épocas de gran obscuridad y cuando las atravieso salgo
más clara y lúcida que nunca.
Hay una cosa importante que he
comprendido y es precisamente a no temerle a esa oscuridad. Principalmente porque
me lleva directo a los brazos eternos de mi buen Dios. Segundo porque cada vez
que llega, me muestra nuevas formas en la que se presenta y al hablar o a veces
luchar con ella, descubro puntos frágiles de ella y conflictos internos propios
que no se habían expuesto antes.
Como psicóloga no le temo a esa
situación de vulnerabilidad. Cómo podría adentrarme en los cuartos penumbrosos
de mis pacientes sino hubiera caminados por los míos primero.
Los padecimientos emocionales son
muy complejos y difíciles de manejar. No hay fórmulas secretas para definirlos
o tratarlos. Toman variadas formas también dependiendo de la casa donde se han
constituido.
La depresión no es igual para mí,
como lo puede ser para otra persona. Pero lo que sí hay en común es
precisamente la sustancia de nuestras almas.
A veces es frustrante no saber
cómo ayudar a alguien, hasta que logras tocar justo la nota precisa en el
pentagrama de su corazón. Al ver la luz que trae el descubrimiento del
conflicto interno del otro, es luz para mí también y a veces soy tan afortunada
que ese tesoro escondido es un regalo para mi propia oscuridad.
Para ser psicoterapeuta debes
acostumbrarte a que las personas asuman muchas cosas de ti, pero ya no es una
barrera para mí mostrarme tal como soy, debido a que no temo decepcionarlos, solo
aclararles que detrás del rótulo hay un alma anhelante de respuestas, igual que
ellos.
Esta labor requiere amor, agudeza
mental, delicadeza para no perder detalle, sensibilidad para tocar sin empujar,
para mostrar en vez de imponer. Para acompañar y disfrutar del camino en la
senda del otro.

