martes, 5 de enero de 2021

Autoestima… volviendo a la génesis del valor de la vida humana

 


EL concepto de autoestima ha sido muy aceptado y se ha convertido en la base para la constitución de nuestra seguridad personal. Es cierto que si nuestra cognición fundamental acerca de nosotros mismos es inadecuada, las emociones que nos acompañaran paralizarán nuestros intentos de mejorar y avanzar en la vida.

Tan bien es cierto que un énfasis desmedido en  tener una autoestima alta que nos permita sentirnos seguros y capaces, nos puede convertir en seres muy egocéntricos, alejándonos de las proporciones moderadas acerca de nuestra autoconcepción personal.

La autoestima es necesaria como punto de partida, para desarrollar un criterio propio, para confiar en nuestros conceptos, desarrollar ideas propias, para establecer parámetros y por supuesto para tomar decisiones.

Cuando sentimos que la autoestima está baja, normalmente hay rechazo hacia nosotros mismos. Hay una pobre aceptación de quienes somos y nos sentimos vulnerables frente a los demás.

 ¿Por qué la autoestima puede estar baja?

Generalmente hay razones que pueden ser originarias pero no necesariamente son la regla:

·         Programación mental negativa durante la infancia y adolescencia dada por padres o cuidadores, que afecten el núcleo de la persona en desarrollo. Frases desvalorizantes, sobreprotección, agresión.

·         Experiencias traumáticas

·         Creencias inadecuadas sobre el valor personal

·         Abusos en diferentes ámbitos, familiar, laboral, social.

·         Padres con baja y muy alta autoestima.

Los seres humanos respondemos a la valoración externa como fuente de nuestra seguridad primaria en los primeros estados de desarrollo. En la medida en que esa valoración externa es negativa, consolidamos con el paso del tiempo una construcción negativa de nosotros mismos.

Creemos que no tenemos el valor suficiente para tomar posiciones, decisiones y dejamos que los otros tomen el control, porque se considera que los demás son más valiosos o más capaces que nosotros mismos.

Es como ser de segunda categoría, humanos de calidad menos eficiente. Por lo tanto maleables y con poca capacidad para definirse y encontrar la propia senda por donde transitar seguros.

Pero ocurre algo en nuestro interior cuando el dolor por todas estas situaciones aparece como un megáfono, que nos llama al cambio.

Ese atisbo de dignidad plantada en la eternidad, en la génesis de nuestra existencia, que nos llama a reclamar el derecho de actuar. La urgente necesidad de la libertad

Esa libertad que reclama sus alas, su peñasco desde donde divisar el futuro, el deseo de ser felices, de estar tranquilos, de caminar sobre nuestros pies, de no seguir esperando que el otro me defina.

Es allí donde aparece la sanidad.

Cuando nos damos cuenta que necesitamos algo más que ser pequeñas gallinas, cuando nacimos para ser águilas y remontarnos a las nubes.

Y este viaje comienza cuando empiezo a cuestionar las supuestas verdades sobre mí, lo que me dijeron cuando era un niño, cuando tocaron con dureza mi núcleo más sagrado, mi valor.

Cuando decido no creer más esas frases duras y carentes de toda bondad, cuando me doy cuenta que no soy lo que mis padres dijeron, lo que mi novio o esposo dice que soy, lo que me jefe dice, lo que mis amigos dicen que soy, de acuerdo a sus propios traumas o carencias. Sino que salgo del ciclo de repetirme a mí misma que soy lo que ellos dijeron y me doy cuento que tengo el control de definirme, que puedo replantearme, que no necesito al otro para que me diga quién soy.

Es allí donde empiezo a quitarme todo ese ropaje adjudicado y rompo ese círculo, me libero y libero a mis generaciones del yugo de una mala autoconcepción.

Reconozco mi capacidad de cambiar y la pongo en marcha

El miedo se va, aparece mi voz, puedo defenderme, puedo decidir, puedo luchar y logro ser la persona que deseo ser.

Es liberador saber que no estás definido por tus circunstancias, puedes tomar el control y reescribir tu historia.

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