EL concepto de autoestima ha sido
muy aceptado y se ha convertido en la base para la constitución de nuestra
seguridad personal. Es cierto que si nuestra cognición fundamental acerca de
nosotros mismos es inadecuada, las emociones que nos acompañaran paralizarán
nuestros intentos de mejorar y avanzar en la vida.
Tan bien es cierto que un énfasis
desmedido en tener una autoestima alta
que nos permita sentirnos seguros y capaces, nos puede convertir en seres muy
egocéntricos, alejándonos de las proporciones moderadas acerca de nuestra
autoconcepción personal.
La autoestima es necesaria como
punto de partida, para desarrollar un criterio propio, para confiar en nuestros
conceptos, desarrollar ideas propias, para establecer parámetros y por supuesto
para tomar decisiones.
Cuando sentimos que la autoestima
está baja, normalmente hay rechazo hacia nosotros mismos. Hay una pobre
aceptación de quienes somos y nos sentimos vulnerables frente a los demás.
¿Por qué la autoestima puede estar baja?
Generalmente hay razones que
pueden ser originarias pero no necesariamente son la regla:
·
Programación mental negativa durante la infancia
y adolescencia dada por padres o cuidadores, que afecten el núcleo de la
persona en desarrollo. Frases desvalorizantes, sobreprotección, agresión.
·
Experiencias traumáticas
·
Creencias inadecuadas sobre el valor personal
·
Abusos en diferentes ámbitos, familiar, laboral,
social.
·
Padres con baja y muy alta autoestima.
Los seres humanos respondemos a
la valoración externa como fuente de nuestra seguridad primaria en los primeros
estados de desarrollo. En la medida en que esa valoración externa es negativa,
consolidamos con el paso del tiempo una construcción negativa de nosotros
mismos.
Creemos que no tenemos el valor
suficiente para tomar posiciones, decisiones y dejamos que los otros tomen el
control, porque se considera que los demás son más valiosos o más capaces que
nosotros mismos.
Es como ser de segunda categoría,
humanos de calidad menos eficiente. Por lo tanto maleables y con poca capacidad
para definirse y encontrar la propia senda por donde transitar seguros.
Pero ocurre algo en nuestro
interior cuando el dolor por todas estas situaciones aparece como un megáfono,
que nos llama al cambio.
Ese atisbo de dignidad plantada
en la eternidad, en la génesis de nuestra existencia, que nos llama a reclamar
el derecho de actuar. La urgente necesidad de la libertad
Esa libertad que reclama sus
alas, su peñasco desde donde divisar el futuro, el deseo de ser felices, de
estar tranquilos, de caminar sobre nuestros pies, de no seguir esperando que el
otro me defina.
Es allí donde aparece la sanidad.
Cuando nos damos cuenta que
necesitamos algo más que ser pequeñas gallinas, cuando nacimos para ser águilas y
remontarnos a las nubes.
Y este viaje comienza cuando
empiezo a cuestionar las supuestas verdades sobre mí, lo que me dijeron cuando
era un niño, cuando tocaron con dureza mi núcleo más sagrado, mi valor.
Cuando decido no creer más esas
frases duras y carentes de toda bondad, cuando me doy cuenta que no soy lo que
mis padres dijeron, lo que mi novio o esposo dice que soy, lo que me jefe dice, lo que mis amigos
dicen que soy, de acuerdo a sus propios traumas o carencias. Sino que salgo del
ciclo de repetirme a mí misma que soy lo que ellos dijeron y me doy cuento que
tengo el control de definirme, que puedo replantearme, que no necesito al otro
para que me diga quién soy.
Es allí donde empiezo a quitarme
todo ese ropaje adjudicado y rompo ese círculo, me libero y libero a mis
generaciones del yugo de una mala autoconcepción.
Reconozco mi capacidad de cambiar
y la pongo en marcha
El miedo se va, aparece mi voz,
puedo defenderme, puedo decidir, puedo luchar y logro ser la persona que deseo
ser.
Es liberador saber que no estás
definido por tus circunstancias, puedes tomar el control y reescribir tu
historia.

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