martes, 5 de enero de 2021

Diario de un terapeuta

 



Hace tiempo he estado contemplando la idea de cómo es la vida de los terapeutas psicológicos.

La gente normalmente piensa que carecemos de salud mental y también se cuestionan cómo podemos soportar tanto dolor en los relatos de nuestros pacientes.

Al parecer somos como un enigma, porque quieren que les ayudemos, pero nos temen al mismo tiempo. Como si de verdad pudiéramos leer la mente o descubrir sus más oscuros secretos con solo mirarlos a los ojos.

Son muchas las ideas que nos circundan, todas aquellas cosas que la gente teme de sí mismos nos son investidas; porque es más fácil proyectarse que adentrarse en lo profundo de sus propias miserias.

Es bastante divertido ver las reacciones de las personas al saber que me desempeño como psicóloga. He optado por no decir en que trabajo, para que no se asusten o empiecen a actuar como si estuvieran en un estudio de grabación. Lo hago más por ellos que por mí en últimas, pero a veces resulta inevitable y hasta gracioso.

Los comportamientos cambian, lo he hecho hasta como un experimento. Isabel psicóloga… Isabel sin rotulo profesional. Definitivamente la cosa es diferente.

Terminamos siendo un espejo de sus propias inseguridad y contradicciones.

A veces sencillamente olvido que parte de quien soy está relacionado con mi trabajo. Porque refleja muchas de las cosas que me gusta hacer, como ayudar, pensar, sentir compasión, adentrarme en la mente, crear nuevas rutas para entender, y crear nuevas realidades que cambian las vidas de mis pacientes y obviamente la mía también.

La verdad es que tenemos un poco de las contradicciones y de los desvaríos de quienes ayudamos. Como podríamos flexibilizarnos para entender al otro, sino podemos conectarnos con la esencia de cada persona que va en busca de ayuda.  Cada paciente refleja algún rincón oscuro de mi alma, de mi pasado, de mi presente, de quien fui y de quien soy y hacia donde me estoy dirigiendo.

El dolor emocional no es ajeno a mi realidad. Por herencia y ambiente tengo una predisposición a la depresión y a veces me encuentro en épocas de gran obscuridad y cuando las atravieso salgo más clara y lúcida que nunca.

Hay una cosa importante que he comprendido y es precisamente a no temerle a esa oscuridad. Principalmente porque me lleva directo a los brazos eternos de mi buen Dios. Segundo porque cada vez que llega, me muestra nuevas formas en la que se presenta y al hablar o a veces luchar con ella, descubro puntos frágiles de ella y conflictos internos propios que no se habían expuesto antes.

Como psicóloga no le temo a esa situación de vulnerabilidad. Cómo podría adentrarme en los cuartos penumbrosos de mis pacientes sino hubiera caminados por los míos primero.

 

Los padecimientos emocionales son muy complejos y difíciles de manejar. No hay fórmulas secretas para definirlos o tratarlos. Toman variadas formas también dependiendo de la casa donde se han constituido.

La depresión no es igual para mí, como lo puede ser para otra persona. Pero lo que sí hay en común es precisamente la sustancia de nuestras almas.

A veces es frustrante no saber cómo ayudar a alguien, hasta que logras tocar justo la nota precisa en el pentagrama de su corazón. Al ver la luz que trae el descubrimiento del conflicto interno del otro, es luz para mí también y a veces soy tan afortunada que ese tesoro escondido es un regalo para mi propia oscuridad.

Para ser psicoterapeuta debes acostumbrarte a que las personas asuman muchas cosas de ti, pero ya no es una barrera para mí mostrarme tal como soy, debido a que no temo decepcionarlos, solo aclararles que detrás del rótulo hay un alma anhelante de respuestas, igual que ellos.

Esta labor requiere amor, agudeza mental, delicadeza para no perder detalle, sensibilidad para tocar sin empujar, para mostrar en vez de imponer. Para acompañar y disfrutar del camino en la senda del otro.

 

 

 

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